domingo, 22 de enero de 2017

El reflejo de James Rhodes

Hace unos días uno de mis alumnos me trajo ilusionado la partitura del Preludio nº 1 de Bach, algo que en principio me asombró porque precisamente estaba yo incorporando la pieza para otros alumnos, y él apenas lleva dos meses comenzando de cero con el instrumento. Pero no hay nada que más me incentive como docente que un alumno me diga “quiero tocar esto”. Esa ilusión de tocar la pieza venía acompañada de un librito de título “Toca el Piano” y una anotación sobre el título que decía “Interpreta a Bach en seis semanas”. Si no fuera porque conocía algo del autor reconozco que por inercia rechazaría la idea que vendía el libro, a falta de darle una ojeada para comprobar de qué manera vendía el interpretar a Bach en tan escaso tiempo, pues siempre he sido reacio a esos anuncios que nos intentan vender “aprenda inglés en 3 meses”, por poner un ejemplo. Toda disciplina lleva esfuerzo y dedicación y sobre todo tiempo, pero no debe suponer un sufrimiento por ello. Y quizás una de las bazas del planteamiento del libro es la gestión del tiempo, de nuestro tiempo día a día a lo que volveré a profundizar más adelante.
Ya hace unos meses, otra alumna me dijo que iba a escuchar un pianista que tocaba Bach y otros clásicos y que vestía de vaqueros y camisetas y que hablaba durante los conciertos comentando la pieza o sus vivencias con el piano. De entrada, el hecho de que un pianista que toca repertorio clásico comience a ser conocido, no sólo en un ámbito de melómanos y estudiantes de piano, ya es algo atractivo. Por algo se le define al principio de su librito como uno de los renovadores de la “música clásica”, y es que digámoslo claramente: esa mal llamada “música clásica” debe ser renovada en muchísimos aspectos, desde algo tan “trivial” como es la vestimenta de sus intérpretes hasta en la forma de programación que ofrecen los espacios escénicos y su repertorio.


La historia de James Rhodes es ya bastante conocida y no sólo en su ámbito musical, lamentablemente. Uno de los episodios detonantes que relaciona la vivencia musical de Rhodes es llegar a ella por sufrir abusos sexuales en su infancia – él bien lo define sin tapujos como violaciones constantes por parte de un profesor de gimnasia del colegio – que le trazó un duro camino lleno de trastornos, adicciones y fracasos. Es realmente una historia del “fracaso” marcado por una insoportable vejación humana desde su infancia. Y cuando digo llegar a su vivencia musical “a través” de estos episodios es porque James Rhodes nos da una gran lección: cómo la música puede salvarnos de nuestros miedos (unos enormemente impuestos y no creados por nosotros, la agresión…) y otros, que, aunque más livianos, aquellos que seguimos soportando cotidianamente porque no vemos ningún camino de salida… o no queremos verlo. Y la música está ahí, como pudiera ser cualquier manifestación artística o actividad que realmente no aprovechamos: la experiencia de crear, de interpretar, de sumergirse en definitiva en una actividad que nos llene el vacío ocasionado por el entorno social que hemos creado o nos han creado para nosotros, para nuestro “deleite falso”, y que en ese proceso no sólo llene, sino que nos desarrollemos personalmente. Eso es lo que otorga, en fin, la música. En palabras de James Rhodes: “la música es respuesta a aquello que no la tiene”. Y ese es el gran mensaje de Rhodes. ¡Un mensaje que debería ser tan obvio! Pero que la mayoría de personas no lo escucha. Recuerdo una de esas películas catastrofistas, “Ultimátum a la Tierra”, remake de la película The Day the Earth Stood Still de 1951, en la que un extraterrestre viene a la Tierra para avisar a la raza humana que su comportamiento destructivo les obliga a despojar el planeta de la misma raza humana. En una escena de conversación sobre el carácter humano suena de fondo una pieza de Mozart y el extraterrestre conmovido pregunta que es ese sonido. La respuesta que le da su humano interlocutor es la capacidad humana de crear belleza a través de las artes a lo que el extraterrestre entiende que no debemos ser tan destructivos desde el momento en que somos capaces de crear algo tan bello. Y Rhodes se debe preguntar (como tantos otros, entre los que me incluyo), ¿por qué no crear en cualquier momento de nuestra vida? ¿Por qué no interpretar la belleza que se nos ha dado? Deleitarnos y desarrollarnos como personas… y es cuando nos lanza el “reto” de interpretar a Bach en seis semanas.

Sabiamente a elegido una pieza, el Preludio nº1 de Bach que tiene unas connotaciones prácticas didácticas muy interesantes, pero realmente no cae, en la guía que nos tiende y nos anima a tocar el piano (tengas nulos conocimientos de músico o como poco aficionado), en lo sensacionalista como curso rápido. Es un librito práctico, pero a la vez, casi diría filosófico o como poco que quiere despertar en nosotros la curiosidad por el piano, el aliciente de convertirnos en pequeños concertistas de nuestro mundo, haciéndonos ver que realmente 45 minutos diarios no son nada en realidad en nuestro día a día… si olvidamos el móvil, el ordenador, la televisión… y dedicamos nuestro tiempo a un instrumento tan benévolo como el piano. Yo os aseguro que el piano no va a crear una mala adicción, lo único que nos va a mantener en “on” en lugar de en “off” como cuando estamos delante de la televisión. Y varios de mis alumnos han aceptado el reto de Rhodes, que mejor forma de aprender  una pieza!

Y si James Rhodes llena teatros haciendo charlas e interpretando al piano, bienvenido! Porque su reflejo es el reflejo de muchos que sabemos que la música tiene respuesta para aquello que no lo tiene y que, en nuestro camino, sea como docente, intérprete o comunicador, en ocasiones nos da la sensación de que nadie nos escucha… y luego llega una persona que nos recuerda el gran valor de la música. 

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